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Por: Orlando Alcántara Fernández (Cristorly). E-Mail: cristorly@yahoo.com Portal Internet: http://jesus.95mb.com Teléfono: 809-528-0168. Dirección: Avenida Constitución No. 102 (Frente a la Policía), San Cristóbal, República Dominicana. El venezolano Luis Gilberto Caraballo se nos revela como un auténtico metapoeta y al mismo tiempo hace un aporte valioso al universo de la Metapoesía con su "Metapoema de la Noche (Autorretrato Poético)". El poema es génesis ontológica que se perpetúa una y otra vez en el pintor-poeta. Se deshilvana poco a poco con sus versos palimpsésticos borrándose y volviéndose a escribir para recuperar una y mil veces la memoria perdida en la otredad formada por el par ser-poema. Luis Gilberto es así artífice que se pregunta por su ontogénesis y ve en Dios al aeda perfecto que le crea a partir de un poema escrito ad infinitum desde la noche, siendo la noche la sinonimia anclada en la nada, en la soledad almática de un ser que no es ser aún, de un ser que pronto será verso tras verso un ser humano perfecto. Aquí Efesios 2:10 en la traducción popular de la Biblia Reina-Valera nos dice: "Porque somos hechura suya". En cambio, en el original griego aparece la palabra "poiesis" que es traducida "hechura". Esto implica que la traducción literal diría: "Porque somos poema suyo". Es decir, somos el poema de Dios, la poesía hecha ser humano a partir del Creador. Poiesis-creación. Poiesis-ser humano. El metapoema en las manos de Caraballo es la escritura que no cesa. La incesante lectura. El poema es la materialidad que se hace y se rehace, que se deshilvana y se desmadeja según los designios de Dios universalista. Y en esta ontogénesis la noche es testigo del acto creativo, pues la noche es la nada y la Creación es ex nihilo. De la nada hemos surgido y Dios es trascendente desde su Eternidad y su Pre-Tiempo. La otredad-alteridad es la consciencia de una ontogénesis perpetua en el corpus metapoético de Luis Gilberto Caraballo. Y es así plenitud y semblanza de sí mismo, pues también es autorretrato. El poema refleja el ser y el ser es creado para un designio sagrado que lentamente se va deshilvanando en el sentido pleno de la vida. Y todo proviene del poema ontogenésico que da vida a todo el metapoema más allá de la imago en movimiento que va deshaciéndose y vuelve a hacerse una y otra vez, ad infinitum, en vuelo permanente de Ave Fénix, pues así el metapoema tiene vocación de resucitar desde sus cenizas, desde su ser íntimo, desde sus adentros, desde sus ramales secretos. La voz de Caraballo es una voz polivalente en la mesurada sintaxis a veces entrecortada, otras veces fluyendo como un río incesante en el que desemboca al final. El poema es río y el río es vida. Poema-río es lo mismo que noche-nada en la semiosis última de estos versos metapoéticos plenamente conscientes de la alteridad asumida como reflejo en el espejo que nos mira desde su azogado perfil ontogenésico. El río fluye y fluye y desemboca en el río mayor del silencio y desde ese silencio volvemos a rehacer todo el metapoema y volvemos a su inicio cuando empieza el poema-ser, el espejo-reflejo de su otredad deshilvanándose a partir de la creación divina. ¡Somos poemas de Dios! ¡Claro, sí, señor! Somos los poemas de un Dios amántico que nos da vida y nos promete más vida más allá de todo parcialismo, enclavándose en el Universalismo. Y este metapoema es testigo fiel del discurrir que no cesa, del transcurrir que para nada se detiene. La vida fluye en sus raíces. Su epísteme es la vida. El metapoema primero es poema y luego parace que la tesis de Jorge Piña en torno a que "El poema es metalenguaje" le da un nuevo sentido a todo el andamiaje poemático y el poema se vuelve metapoema de la noche a la mañana. De la nada surge la vida. Ex nihilo gracias a Dios. Así mismo este metapoema parece no tener referentes claros. Tal vez "El revólver canoso" de André Bretón. Quizás "El mono-gramático" de Octavio Paz. Acaso ninguno. Pues este metapoema es primigenio desde sus adentros. Es un metapoema fundacional con voz propia que de seguro perdurará en la memoria poética de los verdaderos metapoetas del orbe. De este modo, Luis Gilberto Caraballo se vuelve Julio César y decimos: "Vino, vio y venció". Así percibimos a Caraballo con este metapoema que parece no tener ningún referente obvio. Es todo un poema-río, todo un deshilvanarse por completo, un darse a la fuga y volver a los senderos semántico-sintácticos de la alteridad más acérrima. Luis Gilberto Caraballo lo ha logrado. Merece laureles de gloria. Su voz es prístina y el poema le da identidad a su ser en busca del sentido gnoseológico que destierra toda vacuidad en nuestras vidas. Dios nos ama y en Cristo nos da vida. Y esa vida es una sinfonía, un concierto en la plaza mayor, un coro armónico de voces divinas. Y esa vida es un poema que surge desde la noche en que Luis Gilberto Caraballo le da vida al metapoema y surge así un río de versos, de sintagmas, de palabras, de signos, de claves y de subterfugios lingüísticos pletóricos en metáforas inusitadas haciéndose canción metapoética en la voz circular de Luis Gilberto Caraballo. El río nos remite al poema y el río-poema es el ser renovándose por completo gracias a la misericordia y la gracia de Dios en Cristo Jesús. De esta manera, la escatología es señal profética en este mimético metapoema. Adquiere así la dimensión imbricada en el sentido pleno. Todos seremos vida. Todos seremos tan plenos como este metapoema rehaciéndose ad infinitum gracias a la mirada grácil de Dios. Todos somos poema. Todos somos río. Todos. Gracias a Dios. Veamos a continuación el metapoema de Luis Gilberto Caraballo para el deleite de nuestro espíritu: (Autorretrato Poético) El poema que me hizo sobre esta tierra fue arrojado en algún oleaje y a salvo yace, permanece debajo de muchos versos con su imponencia, surcando con su voz la finitud de aquellos versos que dejan sobre la hoja los rasgos, el corpus de la imagen que intenta ser simétrica, ha de ser equilibrada en algún punto para que se convierta en eje. No he visto un hilar de tan insospechada inmanencia como su temporalidad y carácter de ese poema inicial, lo he intentado desde la alturas, desde el centro, desde adentro buscando su faz, buscando que no sea un autorretrato de la voz, un eco que provenga del torrencial ocasional, pero sí que toque adentro como el canto que se hace sobre la montaña que emerge desde algún recodo del manto vegetal y se oye sobre ese vientre latir, fugarse a recorrer y sembrar, a veces con su rostro joven y templanza alza voces, ecos, ceremonias de inicio a fin. A veces la tarde lo convoca, y la lluvia lo lleva a sus aguas, bajo el recinto de su pureza, un jardín de soledades y de ambigüedad, lo hace mojarse y lloviznarse y lo convoca derramado como una mancha que con su tinta marina abre huellas en el alma, y siembra de canto, de tempus, la conciencia que se reconoce. Hay entre ellas alguna voz, un tono regio amplio, que difusamente lo intenta en sus inicios y es el que marca el hito, el compus provisorio de esa partitura; no hay sesgos, ni paradas, pero sí amor y lluvia como soles y lunas, cantos mares, que se suman al canto a transformar desde su origen el ombligo plagado de sales, inserto en el mar, haciendo eco de lluvias y lloviznando la tierra, la página que pretende ser simétrica en palabras y abre sus puertas del alma. Es de importancia que la madurez no se separe del origen, es crecer y ampliarse sobre el mar que ondula, como las raíces y el ramaje, que se hacen sobre el ramaje y las tierras; sobre el mar de mares, no hay olvido, hay sí cambios y el detenerse, para asirse sobre los hilos que harán los amaneceres del verso. Después que he leído bajo esta noche azulada y releído algunos textos sobre su ramal, comienzo a verme en el espejo del verso y lo frecuento con los ojos del pintor-poeta, se extinguen al escribirse en llamaradas que dejan a su paso fuego, sobre el cual se derrama el silencio profundo; miradas que alzan vuelo sobre la matriz luminosa, se buscan en los símbolos del templo resplandeciente, de donde quizás también los impresionistas extrajeron girasoles, nenúfares que tocan los caracteres, las facciones de la voz en que se reconoce el alma encendida por el verbo y el color de la otredad. Es una experiencia que da la sensación de pérdida, de incandescencia, hay un vértigo en su gestación, un implícito viaje, que a la vez es regocijo de no revelarse en el espejo, tal como nos hemos predefinido en lo inmediato, sobre las costuras leves de lo cotidiano. A la vez, se percibe intensamente la espesura de la hondonada, como cuando se mira el estanque profundo y sobre esa laminilla que flota en la superficie y esta calca a su antojo las imágenes de la noche, del día, del amanecer, pudiera desprenderse y como un himen de la otredad descubre su virginidad intacta, atrayente, el pubis de la natura, un sutil hilo sobre el cual la mancha va traspasando de su letanía hacia la conciencia y repone con esa dulzura y murmullo el arrojo que quema y deja los símbolos que trae del útero del mar del universo. Calcados a semejanza de lo que vemos y entendemos, en un torrencial de palabras entretejidas remozadas por la imagen, que se ensilla a galope sobre el trajín de las montañas elevadas y su viento sublime que toca el epicentro que llega al corazón, al ramaje del alma y se derrama sobre su piano, con el canto de la esencia del rostro. Una remembranza sobre la que se calca un rostro en llamas, azuzado por el desgarramiento. Cuántas noches se ha ido ese retrato infinito, diluido por el manto de la oquedad a su origen, a dibujarse entre líneas, entre tantas imágenes, que pernoctan escondidas sobre su trama incandescente, solapadas tras las heredadas culturas, las máscaras intentarán reponerse de su ambigüedad, buscarán lo indivisible, lo tentarán. Mientras se auscultan bajo el embriagado espejo y se insta a ubicarle los ojos del poema, algún rostro, su respiración, la cadencia y que con su mirada lejana huye hacia la bruma y esconde detrás de sí los murmullos, que aún le gravitan, como luciérnagas se prenden sobre la hondura y se buscan entre sí, sin tocarse, sin saberse en apariencia uno con otros, hilos convexos sobre el deseo. Muchas noches he visto su plenitud como un bosquejo, aquel rostro agigantado en su dermis por las metáforas, y lo he percibido también hundirse, naufragar tras un papel, como agua, acuarelas que esculpidas diluyen el amanecer, el clímax, para reencontrarse en algún punto, en cenit; aquella intensidad, el agigantamiento que dura mientras el verso se hace legible sobre el papel, hasta que un punto lo ciega; luego de su mirada, que lejana en sus inicios se vuelve interna, introspectiva, en una búsqueda de identidad. ¿Qué hay de nosotros sobre esas líneas? Seremos memorias o una cicatriz que de regreso emerge rompiendo el halo blanco de la hoja y prefiere ser puesta en letras negras, llena o alusiva de misterios y silencios, pero decide exponer su voz propia y desvelarse de su insomnio, hasta que el remanso la ocupe con el manto de su serenidad pausada; una luna incierta la cobija detrás de las montañas, detrás de muchas historias no contadas, sólo el punto exacto, externo que logra pasar por la hendidura del tiempo hasta las puntas de los dedos y el grafito la tienta en su mirada, y a veces la retiene, la demora hasta que cae rendida en su rendija, como en un juego de azar, sobre la aguja y su hilo que va tejiéndose. El rostro que tantas veces aparece y desaparece como la noche, hasta acabarse en la embriaguez de la intensidad del mar, en el puerto donde mora la conciencia levitada por su oleaje y por la luna plena que la ilumina y despierta con su amarilla luz. Una noche, un poema que se busca sobre sí mismo y solo se cierra, cuando gira y gravita sobre su completitud; un universo magnético que con sus sílabas deambula y se orquesta sobre el pentagrama de la noche, atento despierta al alba; donde ha de volverse a rendir, para que algún pasajero lo devele, lo haga también parte de su rostro, sobre su manto sagrado, lo lea y pueda entonces volver sobre aquella noche de origen, sobre sus marcas, sus caracteres y facciones, porque cada noche es un poema y cada poema al menos será una noche, un universo o varios que se juntan y entienden, como constelaciones conviven. En ellos habrá también el rostro o los rostros, la búsqueda de las líneas invisibles que lo demarcan, que los circundan, como las aves que saben llegar en vuelo hasta sus lejanas tierras y saben regresarse y a veces ni paran, sólo pasan como lluvias y mojan apenas sus pechos, con el viento se rocían en la primavera, traen recuerdos, - nos recuerdan nuestros vuelos, las memorias bajo una existencia con las que han tenido que volar al templo-, se han fugado sobre lo secreto y han regresado bañadas del regocijo, hasta posarse sobre las hojas blancas del verso, en las hojas más altas del árbol divino, a la espera del descanso del alumbramiento y su lápiz iluminado repose de sus noches, como la noche del verso. El ego va pasando sobre el espejo de su voz interna, va hilando su noche, solo y puro se es ego al filo del poema antes de él, sólo se es noche cuando aún despierto; se está del día, cuando esta avanza se vuelve a ser noche, se vuelve a ser ego y no hay punto de encuentro entre el antes y el después, son pinceladas que rompen su trayectoria, antes del verso y después, el rostro va cambiando como la noche que amanece y nos descubre el nuevo día en el resplandor de un río. |
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Creada el 7 de junio, 2005